
Un Breve
Comentario
Kakua
fue el primer japonés que estudió zen en China y,
mientras
estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza. Cuando
estaba
en China, no viajaba. Vivía en un lugar remoto de
una
montaña y meditaba permanentemente. Cada vez que
la
gente lo encontraba y le pedía que predicara, decía unas
palabras
y luego se trasladaba a otra parte de la montaña
donde
fuera más difícil localizarlo. Cuando Kakua volvió
a
Japón, al emperador le llegaron noticias de él, y pidió que
fuera
a la corte a hacer una prédica zen para la edificación
espiritual
de él y de todos sus súbditos. Kakua se ubicó
ante
el emperador en silencio. Luego, sacó una flauta de un
pliegue
de su túnica, sopló una sola nota, hizo una reverencia
cortés
y desapareció. Nunca se supo qué fue de él.
La
verdadera enseñanza no se puede enseñar; sin embargo, se le llama enseñanza. No
se la puede enseñar, pero se la puede mostrar, indicar. No hay modo de hablar
de ella directamente, pero hay millones de formas de señalar la de manera indirecta.
Lao
Tse dice que la verdad no puede ser dicha y que, en el momento en que uno la
dice, ya la ha falsificado. Las palabras, el lenguaje, la mente, son
completamente incapaces. Desafía a la razón, desafía a la personalidad
orientada por la razón, desafía al yo. No puede ser manipulada. Encontrar la
verdad es por completo imposible para la razón.
Esto es lo
primero que hay que comprender y, cuanto más profundamente lo entiendas, más
posibilidades tendré de señalarla. Lo que estoy diciendo no es la verdad; no
podría serlo. A través de palabras, sólo se puede crear una situación en la
cual la verdad pueda ser posible. Pero de esto tampoco se puede estar seguro.
Es impredecible. No se puede generar una causa para que se produzca; se
produce cuando se produce. Lo único que podemos hacer es estar dispuestos a
ella. Tus puertas deben estar abiertas. Cuando golpee a tu puerta, debes estar
allí presente. Si estás presente, disponible, receptivo, puede producirse.
Pero recuerda que, a través de las escrituras o de las palabras de los seres
iluminados, no lograrás acceder a la verdad.
Entonces,
lo primero es que no puede ser dicha. Y cada maestro debe crear una situación
indirecta, debe impulsarte hacia lo desconocido. Todo lo que dice te va
llevando hacia aquello que no puede ser dicho.
Lo segundo, antes de que podamos
entender a Kakua y su hermoso relato zen: la verdadera enseñanza se resiste a
las palabras, pero no puede resistirse al corazón. Si existiera un lenguaje del
corazón, podría ser expresada a través del mismo. Pero el corazón carece de
lenguaje; o bien, el silencio es el único lenguaje del corazón.
Cuando el
corazón está en silencio, algo dice; cuando la mente está en silencio, no dice
nada. Las palabras constituyen el modo de expresión de la mente. La ausencia
de palabras, el silencio, es el modo en que se expresa el corazón. El silencio
es un lenguaje sin palabras, pero hay que aprenderlo. Así como uno debe
aprender los lenguajes de la mente, uno tiene que aprender el lenguaje del
corazón: cómo permanecer en silencio, alejándose de las palabras, de la mente,
cómo dejar de lado lo racional.
Cuando
la mente deja de funcionar, de inmediato, toda la energía se desplaza al
corazón. Cuando la mente no está en funcionamiento, lo está el corazón. Y
únicamente cuando funciona el corazón, es posible enseñarte algo. La verdadera
enseñanza se debe transmitir a través del corazón. Debes estar cerca del
corazón. Cuanto más cerca estés, más capaz serás de comprender el silencio.
Recuerda:
el silencio no es vacío. Ante los ojos de la razón, podría parecer que el
silencio es vacío. No lo es. El silencio es el momento más pleno posible. No
es sólo un momento de plenitud, sino también de rebasamiento. Pero es de una
importancia sentida. El corazón no está vacío: es lo único que está lleno. La
mente está vacía, pues no tiene más que palabras. ¿Y qué son las palabras?
Pequeñas olas en el vacío. ¿Y qué es el silencio? El silencio es lo absoluto.
Cuando
piensas que estás separado de la existencia, cuando no crees ser uno con
ella... en un momento de ausencia de pensamientos, pierdes todos tus límites.
De repente, desapareces y, sin embargo, estás. Y este momento sentido de no yo,
de no mente, de no pensamiento, es la situación en la cual se torna posible
que la verdad llegue a ti. Cuando estés vacío de ti mismo, te llenarás con la
verdad. Entonces, todo lo que debe hacer un maestro es eliminarte absoluta y
completamente, destruir tu yo absoluta y completamente, cortarte la cabeza
para que puedas volverte hacia el corazón. Entonces, toda la
energía se desplaza hacia el corazón.
¿Puedes
estar sin cabeza? Si puedes, sólo entonces podrás ser un discípulo. Si estás
apegado a la cabeza, en ese caso no podrás ser un discípulo. ¿Puedes vivir sin
la cabeza? Si no puedes vivir sin la cabeza, estás cerrado a la verdad. La
cabeza es la barrera; el corazón es la apertura.
Entonces,
¿cómo es posible enseñar la verdadera enseñanza? No se la puede enseñar. No es
un aprendizaje: no puedes aprenderla de alguien. Es una disciplina interior.
Debes transformarte en un vehículo receptivo, en un médium. No es algo que
puedas aprender si permaneces tal como eres. No podría ser una acumulación.
Tienes que atravesar una transformación, tienes que ser diferente. Tu ser debe
adquirir una cualidad diferente.
Sólo
entonces se vuelve posible la comunicación: no exactamente la comunicación, sino
más bien la comunión. Por medio de la cabeza, se produce una comunicación,
mientras que, por medio del corazón, se produce una comunión. No se trata de
un diálogo. De hecho, es un encuentro del maestro con el discípulo. Es menos
un diálogo; es más bien una fusión, una mezcla, en la cual el maestro y el
discípulo se fusionan el uno en el otro, tal como lo hacen los amantes. Pero
los amantes se fusionan a través de sus cuerpos; cuanto mucho, pueden unirse a
través de sus mentes. Pero un discípulo y un maestro forman la mejor relación
amorosa del mundo: se fusionan en el espíritu y se vuelven uno.
Sólo
cuando constituyen una unidad, es posible mostrar la verdad. No se puede
enseñar, no se puede aprender; nadie te la puede enseñar. No puedes aprenderla
de nadie. Todo el esfuerzo que hagas por aprenderla a partir de alguien, vivo o
muerto, ya sea a partir de las Escrituras o de las enseñanzas, será inútil. Y,
cuanto antes lo entiendas, mejor, pues el tiempo que pasa está perdido. Nada
puede lograrse de este modo.
Debes
atravesar una transformación. Debes morir y renacer. Debes estar completamente
renovado, totalmente renovado. Sólo con esta "renovación" (cuando lo
viejo se haya disipado, cuando hayas desaparecido y un nuevo ser haya tomado
tu lugar), entonces habrá comunión.
Esta
hermosa historia zen dice muchas cosas. Trata de comprender cada palabra, pues
cada palabra tiene importancia.
Kakua
fue el primer japonés que estudió zen en China...
El zen es la enseñanza más sutil. La
palabra "zen" deriva de dhyana. La enseñanza nació con Buda en
la India, pero luego, desgraciadamente, la India se volvió poco receptiva, y
los discípulos de Buda tuvieron que buscar en China a gente que fuera más
receptiva a esta enseñanza.
Buda
afirmó muchas cosas, pero jamás pronunció ni una palabra acerca de la verdad.
Dio numerosas conferencias; durante los cuarenta años que siguieron a su
iluminación, habló todos los días, en forma permanente, pero no pronunció ni
una palabra acerca de la verdad. Cada vez que alguien le preguntaba "¿Qué
es la verdad?", se quedaba en silencio.
Entonces,
un día sucedió. Se sentó debajo de un árbol. Se había reunido mucha gente.
Estaban presentes todos sus discípulos y estaban esperando que dijera algo.
Pero no dijo nada; simplemente, se sentó allí. Tenía una flor en la mano,
porque en Oriente la flor de loto es el símbolo del máximo florecimiento. En
Oriente, se considera que el pico más alto de tu ser es como una flor de loto.
Lo es. Cuando llega tu pico máximo, dentro de tu ser comienza a abrirse una
flor. Y continúa abriéndose y abriéndose y abriéndose: de la perfección a más
perfección y más perfección; no hay fin para este proceso. A esta flor de loto
se la llama sahasrar,
la flor de loto de mil pétalos.
Buda
llegó con una flor de loto. Se sentó debajo del árbol y contempló la flor de
loto como si se hubiera olvidado de las diez mil personas que se habían
reunido, que estaban allí y esperaban con impaciencia. Pasaron algunos
momentos, después empezaron a transcurrir horas, y la gente comenzó a sentirse
muy incómoda. Era como si Buda se hubiera olvidado por completo de ellos.
Él
está allí, la flor está allí, y él está tan absorto en la flor que da la
impresión de que hasta los límites entre Buda y la flor se hubieran
desvanecido. Entonces, de repente, un discípulo (cuyo nombre es Mahakashyapa) comienza a reír
fuertemente. Es increíble, porque este Mahakashyapa es alguien tan callado que nadie jamás lo
vio reírse. Y es tal la carcajada que parece que se hubiera vuelto loco. Todo
el mundo lo mira. Buda le pide que se acerque y Mahakashyapa lo hace. Buda le
entrega la flor a Mahakashyapa
y le dice al grupo de personas:
-Lo
que puede ser dicho, os lo he dicho; y lo que no puede ser dicho, se lo he
entregado a Mahakashyapa.
Y ésta es la verdadera enseñanza.
Durante
miles de años y hasta la actualidad, los budistas de todo el mundo se han
preguntado qué recibió Mahakashyapa,
qué era. Ésta se transformó en una de las preguntas más agudas. Buda le dijo a Mahakashyapa que encontrara
un hombre que pudiera recibir esta flor de loto. Mahakashyapa encontró a un
hombre. Durante algunos cientos de años, otros pudieron hacerlo, y después
otros, pero el sexto maestro, Bodhidharma, no pudo encontrar ni siquiera a un
hombre en toda la India. Daba vueltas con una flor de loto. Entraba en cada
poblado, golpeaba todas las puertas; no podía hallar a un hombre con quien
entrar en comunión, a quien decirle aquello que no puede ser dicho. Nadie estaba
preparado para recibir la verdadera enseñanza.
En India, había millones de personas
instruidas, hombres llenos de conocimiento, grandes eruditos. Esos eran los
días supremos de la mentalidad hindú. La India jamás recuperó ese nivel de sabiduría.
Pero Bodhidharma
no pudo encontrar ni siquiera a un hombre que fuera capaz de recibir la flor de
loto de Buda. Entonces, tuvo que irse a la China, para encontrar a un hombre
allí. Incluso, debió buscar en forma continua durante nueve años antes de poder
encontrar a uno.
"Zen" es dhyana; en
China, se transformó en ch'an. Y después, de China, debió ser llevado a
Japón, ya que en la China pronto se tornó imposible hallar a un hombre que
pudiera recibir la flor. Este Kakua es quien la llevó de China a Japón. Así
como Bodhidharma la trasladó de la India a la China, Kakua la llevó de la China
al Japón.
Este
hombre es muy significativo y muy extraño. Nadie sabe nada acerca de él; sólo
existe este relato. Es exactamente igual a Mahakashyapa: nadie sabe nada acerca
de él. Solamente esta historia que te estoy contando de la entrega de la flor
de loto: es lo único que se conoce acerca de él. De Kakua también se conoce
únicamente este relato. Nunca nadie supo qué fue de él. Un hombre que se queda
totalmente callado pierde sus límites, pierde definiciones, pierde su autobiografía.
No hay nada de qué hablar; no hay nadie de quién hablar.
Paramhansa
Yogananda es el primer yogui de toda la historia del yoga que escribió una
autobiografía. Esto es una tontería, pues el yogui, por la naturaleza misma de
su ser, no es nadie. En esto consiste toda su autobiografía.
Nadie sabe
nada acerca de Kakua, a excepción de esta pequeña anécdota; pero es
suficiente. Porque en esta anécdota están contenidas todos los Vedas, todos los
Coranes, todas las Biblias (todos los Vedas que existieron y que existirán en
el futuro); esta pequeña anécdota las contiene todas. Así que escucha cuidadosamente.
Kakua
fue el primer japonés que estudió zen en China y,
mientras
estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.
Aceptó la
verdadera enseñanza... Presta atención a las palabras. La
verdadera enseñanza siempre está disponible. Es necesario
que alguien la acepte. Está siempre disponible, pero tú no estás preparado
para aceptarla; la rechazas. Ésta fue mi experiencia al trabajar con mucha
gente. Es raro que, cuando golpeo a sus puertas, me acepten; es muy raro. Se
resisten de millones de formas. La aceptación es difícil. ¿Por qué? Porque, si
aceptas, el yo está perdido. El yo decide si aceptar o no; la razón piensa si
algo es o no verdad. La razón nunca pierde control.
El otro
día hablaba con alguien y le decía:
-Ahora
estás preparado. Da un salto hacia la sannyas. El hombre replicó:
-Lo
pensaré.
¿Cómo
puedes pensarlo? Pensarlo es posible únicamente si lo has conocido antes, pues
el pensamiento se mueve en el terreno de lo conocido. Si en el pasado hubieras
accedido a saber qué es la sannya, si alguna vez hubieras sido un sannyasin,
podrías pensarlo. Pero, una vez que has sido un sannyasin, jamás
podrás ser otra cosa: a tal punto llega la transformación que atraviesa un sannyasin.
No sabes qué es la sannya y afirmas que lo pensarás. ¿Cómo lo
pensarás? ¿Qué pensarás?
La
sannyas es un movimiento hacia lo desconocido. Es una fe. No es tu
decisión racional, sino un salto irracional. Se produce únicamente cuando estás
harto de la razón. Pero dices que lo decidirás. ¿Quién lo decidirá? ¿Tu mente?
¿No estás harto de tu mente? ¿No hiciste todo lo que tu mente te ha ordenado
hacer? ¿Adónde te permitió llegar esto? ¿Qué sucedió? Contempla tu vida. Aquí
te ha conducido tu mente: es un infierno. Pero aún te apegas a ella y afirmas:
"Lo pensaré". ¿Y quién eres tú? ¿Y quién está afirmando "lo
pensaré"? ¿Quién es este yo?
La
sannyas significa abandonar el yo y, si el yo es el que decide, no
puede haber abandono, ya que en la decisión misma el yo se ha salvado. No
puedes decidir; por eso es una fe. Por eso digo que es una relación amorosa
fundamental. Si confías, confías en un maestro. Entonces no dices: "Yo
decidiré". Simplemente afirmas: "Aceptaré. Estoy aquí a tu disposición.
Hazme lo que quieras. No me preguntes; simplemente, haz lo que quieras
conmigo”. Éste es el sentido de la aceptación: es confianza, es shraddha, es
una fe; no es una convicción.
...
y, mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.
No puedes
aprenderla; no se la puede enseñar. Pero se la puede aceptar y se la puede
entregar. Una vez que estás preparado para aceptarla, te puede ser entregada,
al igual que la flor de loto del Buda. No pienses en términos literales. No
creas que Buda en realidad tenía la flor de loto en la mano. Su mano es la flor
de loto; él es la flor de loto. Es posible que únicamente Mahakashyapa
(y nadie más) pudiera ver esto.
Observa
mi mano: la flor de loto está allí. Si la aceptas, puedo entregártela. Pero la
aceptación implica una muerte. La aceptación implica que tú, tal como eres,
debes morir. Nace algo nuevo, desconectado y discontinuo en relación con el
pasado. Cuando renazcas, no podrás conectarte con lo que había antes allí, pues
el hombre viejo y el nuevo jamás se encuentran. Sale el hombre viejo y entra el
nuevo, pero en el núcleo más íntimo de tu ser nunca se encuentran. Sale el
viejo... sólo entonces se abre el corazón para que el nuevo sea recibido. Jamás
se encuentran.
La
iluminación es una discontinuidad con el pasado. Recuerda: nunca te volverás
iluminado; tendrás que abandonar. Sólo cuando abandonas, sólo cuando no estás
en el camino, se produce lo nuevo.
Kakua
aceptó la verdadera enseñanza. Aceptación es una de las palabras más hermosas.
Los budistas, los seguidores de Buda, tienen un término para ella que es aún
más profundo que la palabra "aceptación"; este término es tathata.
Tathata significa decir que sí en forma tan íntegra que en tu ser no
exista división alguna. Te vuelves uno en tu sí. Dices que sí de manera tan
íntegra que adentro de ti no existe el no, no existe la negación.
Tathata, la
aceptación total, no es una decisión de la mayoría; no es parlamentaria, es
total. No es que la mayor parte de tu mente, la mayor parte de tu ser, decide,
mientras que la menor parte sigue diciendo que no. En ese caso habría
conflicto. Entonces, quién sabe, en cualquier momento, la mayoría se puede
transformar en una minoría, y la minoría puede volverse una mayoría. Seguro
que habrá de ser así pues, más tarde o más temprano, la mayoría se cansará de
decir que sí y se relajará cada vez más, mientras que la minoría que dice que
no sin hacer nada juntará fuerza e ímpetu. Poco a poco, la mayoría quedará
exhausta y la minoría juntará energía. Al no hacer nada, más tarde o más
temprano, se transformará en la mayoría. Hay una política interior.
La
aceptación, la aceptación total, tathata, significa que no hay decisión
política alguna: es total. No hay nadie que diga que no adentro de ti, ni
siquiera un fragmento, pues hasta un fragmento puede ser destructivo. E,
incluso si una parte de ti dice que no,
no podrás recibir la verdadera enseñanza.
La gente
viene a mí y me dice: "Nos abandonamos”. y no hacen lo que dicen. Si les
digo "Muy bien. Cambien sus ropas por otras color ocre", responden:
"Es
muy difícil; no estoy preparado para ello".
No
es más que la ropa, ¡y no estás preparado para cambiarla! ¡Y estás pensando en
modificar tu alma, tu ser! Y, sólo un momento antes, esta persona estaba
afirmando que se abandonaba.
No
sabe lo que significa abandonarse. No sabe lo que dice, está medio dormido. En
su sueño, tal vez haya usado la palabra "abandonarse"; pero, en el
momento en que le digo que modifique algo (su ropa, su nombre), replica:
"Es difícil, adoro mi nombre. Permite que mi nombre siga siendo el mismo.
Mi nombre es hermoso; no lo modifiques".
Ni
siquiera el nombre, que no es más que una palabra... Y no naces con un nombre;
vienes al mundo sin nombre, como un ser sin nombre. El nombre no es más que una
etiqueta que se te adhiere. Y ni siquiera puedes cambiar la etiqueta. No estás
preparado para cambio alguno.
La gente me pregunta:
"¿Por qué modificas la ropa y
el nombre de las personas?".
Esto
es sólo el comienzo. Es así como empiezo a encargarme de ti. Es así como siento
si estás preparado para cambiar algo, o no.
Querrías
recibir la verdadera enseñanza sin cambio alguno. Querrías recibir la verdadera
enseñanza tal como eres. Eso no es posible. No es posible por la naturaleza
misma de la verdadera enseñanza. No puedo hacer nada; nadie puede hacer nada
al respecto. Está en la naturaleza misma del fenómeno: sólo lo recibes cuando
lo aceptas.
Dios
está disponible, la verdad está disponible, la luz está disponible, pero tú
eres tan miserable para recibir. No sólo eres miserable para dar, también lo
eres para recibir. Un miserable debe serlo en cualquier cosa que haga. No
puedes dar; no puedes recibir. ¿Qué clase de vida llevas? Dar y recibir son
las dos caras de una misma moneda. Si puedes dar, también puedes recibir. Por
eso, tanta insistencia en el hecho de dar (dar a la gente lo que puedas dar),
dar por amor. Tanta insistencia de parte de todas las religiones: dar. Da más
y más. ¿Por qué? Para que puedas recibir más y más.
Recuerda:
es como la inhalación y la exhalación. Si exhalas con profundidad,
automáticamente inhalarás con profundidad. Si quieres inhalar profundamente,
tienes que exhalar profundamente: no hay otra manera. Y la vida es un
equilibrio entre la exhalación y la inhalación. Si tienes miedo de la
exhalación, tu respiración se tornará superficial: tu inhalación no podrá ser
muy profunda; será imposible. La exhalación es dar; dar lo que puedas dar. Y,
cuanto más das, más capacidad tienes de recibir. Y el momento en que dar por
completo, en forma total y absoluta, es el momento de la aceptación.
Kakua debe
haberse entregado a su maestro en forma tan absoluta que se volvió capaz de
aceptar, de recibir. Recibió la verdadera enseñanza.
Cuando estaba en China, no
viajaba. Vivía en un sitio remoto
de
una montaña y meditaba permanentemente.
Éstas son
palabras simbólicas: "Cuando estaba en China, no viajaba". La mente
viaja permanentemente. Tus viajes externos son sólo una manifestación de tu
agitación interna. Cuando la gente se pone tan tensa por dentro, con tanto
movimiento, por fuera también comienza a viajar. De aquí, los viajeros
americanos. Por todo el mundo hay turistas norteamericanos.
Se dice
que Chuang Tzu informa que oyó que, en los viejos tiempos, la gente ni
siquiera cruzaba al otro lado del río. Chuang Tzu decía:
"Oí que mi abuelo decía que en su época sabían que existía una
ciudad al otro lado del río, porque al atardecer el humo
se elevaba por el cielo, y de noche, en el silencio de la noche, los perros
ladraban en el pueblo vecino".
Sabían,
pero nadie hubiera preguntado ni siquiera quién vivía allí. Una clase de gente
diferente: ¿por qué molestarse? Deben haber vivido en un absoluto silencio,
¿por qué hacer preguntas? ¿Por qué esta curiosidad? Alguien debe estar viviendo
allí: así, está bien. Nadie cruzó a la otra orilla del río para ver quién
vivía allí.
y
todo lo contrario sucede en América. Escuché una anécdota. Cerca de un volcán
en Grecia, había un turista norteamericano junto a un guía. Observó la
profundidad del volcán y comentó:
-Se ve
como el Infierno.
Y el guía
le respondió:
-¡Ustedes,
los norteamericanos, han viajado por todos lados!
Kakua
no viajaba en absoluto, ni al Cielo ni al Infierno. Esto es meramente
simbólico: uno debe permanecer donde está. No viajar quiere decir no
desplazarse ni en el espacio ni en el tiempo. Hay dos tipos de viajes: uno es
en el espacio. Vas de Nueva York a Londres, de Londres a Poona, de Poona a
Singapur: éste es un viaje en el espacio. Y además hay un viaje que se produce dentro
de la mente, en el tiempo. Te diriges al pasado, te diriges al futuro, y ese
es un viaje más importante. En un instante, puedes ir a cualquier parte. No se
necesita pasaporte; no hay problemas con la visa. Puedes ir al pasado, puedes
dirigirte al futuro, puedes ir a cualquier parte. La mente se mueve
constantemente.
Recuerda:
la mente nunca está donde estás tú; siempre está en otra parte. Nunca estás en
el momento presente pues, para estar en el presente, uno debe aprender a no
viajar, a no irse a otra parte, a no visitar el pasado ni soñar con el futuro.
El pasado no está más y el futuro aún no llegó. Estás desperdiciando tu vida,
tu energía. Estás desperdiciando tu precioso momento, el que está.
Está aquí
y ahora. La puerta se abre en el presente y se te escapa. Aquí radican tu
desdicha y tu angustia.
¿Por
qué eres tan desdichado? Porque te has estado perdiendo la vida misma. Tu
desdicha no es más que un indicador de que te has estado perdiendo la vida
misma. La vida está en el presente y tú continúas o en el pasado o en el
futuro. Eres como el péndulo de un viejo reloj del abuelo: vas de aquí para
allá... izquierda, derecha, izquierda, derecha. El péndulo continúa; nunca se
queda en el medio. Si el péndulo se queda en el medio, el reloj se detiene de
inmediato.
La
mente es como un reloj, y este viaje del pasado al futuro es el péndulo. Si te
detienes en el momento, en este mismo momento, si me estás escuchando a mí...
la brisa que pasa a través de los árboles, el avión que pasa justo ahora, algún
pájaro, el ruido del tráfico, todo lo que sucede ahora mismo, abierto a esto,
receptivo a esto, el pasado se deja de lado, el futuro ya no está allí... Entonces, tu estado
de ánimo no es de viajero. Y eso es todo lo que significa la meditación.
Kakua...
no viajaba. Vivía en un sitio remoto de una
montaña
y meditaba permanentemente.
Hay
montañas afuera y adentro. Todo un mundo paralelo existe también en el
interior. Por eso la gente solía trasladarse a la montaña: para crear una
situación externa adecuada para viajar interiormente a las montañas internas.
Los hindúes tienen incluso un nombre para la montaña interna: la llaman Sumeru.
Si preguntas dónde queda, te dicen que está en el cielo. Si crees que hay
en el cielo una montaña como Sumeru, te estás perdiendo lo fundamental.
Lo que te están diciendo es que en tu interior hay un momento en el cual llegas
a un punto máximo de tu ser. Este punto máximo de tu ser es Sumeru, la
montaña que existe en el cielo, porque en ese momento tú estás en el cielo.
Éstos
son todos símbolos: Kakua vivía en un sitio remoto en la montaña... Puede haber
vivido allí exteriormente también, pero eso no tiene mucha importancia. En tu
interior hay sitios remotos. En tu interior hay partes que corresponden al
mercado, hay partes que corresponden a la familia, hay partes que corresponden
a la superficie. Y hay sitios remotos en tu interior que no corresponden al
mercado, ni a la familia ni a nadie. Estas remotas montañas a las cuales nunca
va nadie, donde únicamente estás tú, son las que debes buscar. Debes sentarte
en silencio y buscar los sitios remotos de tu interior.
Eres
un universo vasto, recuerda. La superficie que tú has dado por descontado que
eres es sólo el comienzo, la entrada. Si estás hablando en la entrada esto se
debe a ti. Hay rincones remotos dentro de la casa. Mucha gente pasa toda su
vida en la entrada, junto al camino: el mercado, la familia, los objetos, el
prestigio, la política. Vives en la superficie. Kakua se volvió hacia sus
sitios interiores, remotos y más remotos. ¿Cómo puedes volverte hacia tu
interior? Primero, deja de viajar.
Hay
dos movimientos de energía; solamente dos. La energía tiene sólo dos
dimensiones: una es horizontal y la otra vertical, igual que la cruz cristiana.
Y la cruz cristiana es, en verdad, el símbolo de esto. Una es horizontal: vas
de un pensamiento a otro, de A a B, de B a C, en forma horizontal. Después, hay
otro movimiento de la energía: no vas de A a B, te metes más profundamente en
A, de A1 a A2, de A2 a A3; te metes más profundamente, o en
forma vertical, o más alta, pues todas estas denominaciones aluden a lo mismo.
Observa
la cruz en que Cristo fue colgado. Tiene dos postes: uno es horizontal y en él
fueron clavadas las manos de Cristo. Este poste es el tiempo común, el vivir
cerca de la ruta, el vivir en el mercado, el vivir cerca del cruce de caminos.
Y después, la profundidad. Todo su cuerpo está sobre el poste vertical. Éste
adquiere más y más profundidad. Cuando vas a nadar, nadas en la superficie;
eso es horizontal. Cuando te zambulles en la profundidad: eso es vertical. Un
meditador se zambulle en la profundidad; un pensador se queda en la superficie.
Pensar es como nadar. Meditar no es como nadar; es zambullirse en la
profundidad, llegar al mismo punto pero en un nivel más y más profundo.
Deja
de viajar, pues viajar es algo superficial. Quédate quieto, no viajes, quédate
en el momento. Entonces, comenzarás a caer en el abismo. Puede darte miedo y
tal vez esa sea la razón por la cual sigues pensando en el pasado y en el
futuro pues, si te quedas en el momento, caerás en un abismo ilimitado. Se
abre una profundidad y te absorbe en su interior.
El
yo no puede existir en la dimensión vertical; sólo puede existir en la
horizontal. La mente sólo puede existir en la dimensión vertical; no puede
existir en la horizontal. Pero la horizontal y la vertical se cruzan: ese es el
encuentro de los dos postes, donde se forma la cruz. Se encuentran, se
encuentran en el momento presente: el momento presente se transforma en el
punto de encuentro. Aquí, la horizontal atraviesa a la vertical. Desde el
momento presente, te puedes mover en dos direcciones: o bien de A a B, o bien
de A1 a A2. Kakua viajaba de A1 a A2, de A2 a A3. Y es una profundidad
infinita: nunca llegas al final.
Cuando
estaba en China no viajaba. Vivía en un sitio remoto en una montaña. Y, cuanto
más profundo te metas en la dimensión vertical, cuanto más lejos llegues,
tanto más te alejarás del mundo. Entonces la familia queda en la superficie, las
ansiedades de la existencia cotidiana quedan en la superficie. Pertenecen a la
calle, al tráfico, al mercado. Simplemente, te vuelves hacia adentro y
desaparecen.
Recuerda
que hay dos modos de enfrentar las preocupaciones: uno es resolverlas en la
superficie (nadie las ha resuelto jamás); el otro modo es trasladarte a un
rincón lejano de la montaña. Cuanto más lejos te vayas, cuanto más grande sea
la distancia, tanto mejor podrás ver, porque la distancia brinda perspectiva.
Y, cuando puedes ver mejor las preocupaciones empiezan a desaparecer. Cuanto
más lejos te vas, más se disuelven automáticamente las preocupaciones, pues
ahora no las estás alimentando con sólo estar permanentemente cerca de ellas.
Ahora no les estás prestando atención, se marchitan. Y, una vez que has
llegado al rincón más remoto de tu ser, simplemente no sabes si hay preocupaciones
o no, si alguna vez existieron. Simplemente, dudas.
Éste
es el modo oriental de resolver las preocupaciones: volverse hacia adentro, a
un rincón remoto. El modo occidental es enfrentar las preocupaciones y tratar
de resolverlas. Y el Occidente fue un fracaso. Nada ayuda, ni el psicoanálisis
ni otras tendencias dentro de la psiquiatría: nada ayuda, porque todo el mundo
intenta resolver en la superficie. Pueden consolarte un poco o pueden adaptarte
un poco a la sociedad; pueden darte algo más de confianza, pueden hacerte más
normal; eso es todo.
Pero
"normal" significa sólo normalmente anormal, nada más. Normal
simplemente quiere decir como todos los demás. ¿Pero cómo son todos los demás?
Todos los demás son también neuróticos, neuróticos leves. La psiquiatría, el
psicoanálisis, y todas las tendencias occidentales, pueden adaptarte más,
volverte más normal: eso es todo. El desajuste desaparece; te adaptas. ¿Pero a
qué te adaptas? Si la sociedad toda está enferma, te adaptas a la enfermedad.
Si la sociedad toda es neurótica, te adaptas a la neurosis.
El modo
oriental es totalmente diferente. No se trata de adaptarse más a la sociedad;
no, porque la sociedad misma es ignorante, malsana, enferma. Adaptarse a ella
no es el punto. El punto es alejarse más de la sociedad para poder encontrar
tus propias raíces, tus propios fundamentos. Una vez que encuentres tu propio
fundamento, las preocupaciones existirán (son parte de la vida) pero ya no te
preocuparán. Existen y las abordas en la superficie, pero no te involucras; te
quedas afuera.
Un
meditador real se vuelve auténticamente un forastero. Se queda afuera. Se queda
a una distancia tan grande que puede observarse a sí mismo como si estuviera
observando a otra persona. Las preocupaciones estarán allí, igual que las olas
están en la superficie del océano, pero en las capas más profundas del océano
no hay olas. Si te identificas con las olas, habrá problemas. Esta
identificación es la causa radical de toda desdicha. Cuanto más te alejas, más
se disuelve la identificación: se quiebra, cae. De repente, estás en el mundo
pero no eres parte del mundo. De repente, has trascendido.
Hay
sólo una trascendencia, y la trascendencia es el único modo. Y esa
trascendencia implica volverte más y más profundamente hacia tu interior.
Simplemente, observa tu mente y llegarás más adentro. Sólo recuerda que no eres
la mente y llegarás más adentro. Sólo recuerda que no debes caer en la vieja
trampa de evadirte en el pasado o en el futuro. Sólo recuerda que no estás
aquí para viajar sino para ser. No estás aquí para transformarte en algo (ya
eres aquello en lo cual te puedes transformar), sino simplemente para conocer
este ser, qué es...
Occidente
ha hecho enormes y tremendos esfuerzos para transformarse en algo. Y Oriente
sólo ha estado haciendo una cosa: relajarse y saber quién es. La
transformación no es el punto, pues transformarse es viajar; debes
transformarte en algo. El punto es primero saber quién eres. Tal vez ya seas
aquello en que te quieres transformar. Y quienes lo supieron, supieron que éste
ya es el caso: ya eres aquello en lo que te puedes transformar. Sólo debes
familiarizarte con este hecho.
Este
hecho está profundamente oculto en ti. Los hechos más significativos siempre
están profundamente escondidos, no están en la superficie. No están en la piel,
sino en el corazón. Observa la mente y encontrarás rincones remotos de tu ser,
con los que no estás familiarizado, que no conoces. No te conoces. Sólo conoces
una parte de ti mismo, la entrada de tu casa. Sólo te mueves en las afueras.
Kakua...
vivía en un sitio remoto de una montaña y
meditaba
permanentemente.
Esto debe
ser recordado: la meditación no puede ser una parte. O bien es todo, o no es.
Es una ocupación de veinticuatro horas. No puedes hacerla y dejarla. No es un
fragmento, como ir a la iglesia o al templo, meditar algunos minutos y después
terminar con eso. No es un acto que puedas ejecutar y luego dejarlo. No es un
acto; eres tú. ¿Cómo puedes hacerla y terminar? Es por veinticuatro
horas. La meditación es un modo de vida. No es una actividad; es tu ser mismo.
Tiene que ser constante, tiene que ser continua; tiene que serlo.
Mientras estás caminando, comiendo, o incluso cuando estás durmiendo, tiene que
estar allí. Debe transformarse en una continuidad cristalizada. Sólo entonces
se produce la iluminación; nunca antes.
Por
supuesto, en el comienzo debes empezar: lo haces a la mañana, a veces lo haces
al atardecer, y luego te olvidas. Incluso eso ayuda. Pero aún no es meditación:
aún es una actividad. No se ha transformado en parte de tu ser. Todavía no es
algo como respirar. ¿Puedes respirar a la mañana y después dejar de hacerlo?
Debe volverse algo como la respiración, que te acompañe permanentemente. Y
llega un momento en que se vuelve incluso más profunda que la respiración, pues
ésta tampoco es constante; en realidad, no es constante. Cuando tomas aire,
llega un momento en que la respiración se detiene. Cuando exhalas el aire, hay
un momento, un fragmento de momento, en que la respiración se detiene. Cuando
estás muy, muy callado, se detiene la respiración: no respiras.
La
meditación es más profunda que la respiración, porque ésta pertenece al reino
del cuerpo. La meditación no pertenece al cuerpo. Pertenece a la semilla, al
centro mismo en torno al cual gira el cuerpo. El cuerpo es sólo como una rueda.
La respiración es necesaria para el cuerpo y la meditación es igualmente necesaria
para el alma. Sin respirar, morirías; eso quiere decir que el cuerpo moriría.
Sin meditación, morirías; eso quiere decir que el alma
moriría.
Gurdjieff
solía decir: "No creas que ya posees un alma. ¿Cómo podrías tener un alma
si no es por la meditación?". Y tenía razón. Cuando meditas, el alma
revive en ti por primera vez. Te ha estado esperando. Y, cuando el alma
empiece a respirar en tu interior al igual que el cuerpo, cuando el alma
comience a latir al igual que el corazón; tendrás una cualidad diferente. Esta
cualidad es la religiosidad. No tiene nada que ver con los rituales. Entonces,
eres un ser humano diferente, totalmente
diferente.
El
deseo desaparece. En lugar del deseo, una satisfacción, una profunda
satisfacción, te invade, pues el deseo es insatisfacción. La furia desaparece
y, en lugar de ella, aparece la compasión. La misma energía se transforma en
compasión. En la furia, querrías destruir al otro. En la compasión, por el
contrario, querrías crear, no destruir. El odio desaparece sin dejar huellas:
simplemente, no puedes encontrarlo en tu interior. Te vuelves amable, y
entonces el amor no es una aventura: no es enamorarse de alguien; es simplemente
tu modo de ser. Si tocas una hoja, hay amor; si transportas una piedra, hay
amor; si observas el sol, hay amor. Cualquier cosa que hagas se transforma en
un acto de amor.
La
meditación no es una parte, es el todo; entonces, uno debe recordarlo
permanentemente, debe estar alerta. No puedes meditar a la mañana y después
olvidarte.
Él
vivía en un sitio remoto de una montaña y
meditaba
permanentemente.
Cada
vez que la gente lo encontraba y le pedía que predicara,
decía
unas palabras y luego se trasladaba a otra parte de la
montaña
donde fuera más difícil localizarlo.
Se
trasladaba externamente y también internamente. A veces, aunque te dirijas a
una parte lejana de tu interior, descubrirás que viene un pensamiento y te
visita. Estos pensamientos son las personas interiores. Y también afuera,
incluso cuando te dirijas a una parte muy lejana del Himalaya, algún día,
alguien (un cazador, un leñador o un viajante que va hacia el lago Mansarovar,
o alguien que no encuentra su camino) te visitará. Y lo mismo sucede adentro:
a veces te visitará un pensamiento vagabundo que ha perdido su camino.
Incluso
en las meditaciones más profundas, de repente descubrirás que un pensamiento
sobresale, pero seguirá siendo uno, no será una multitud. Y es hermoso que te
visite un pensamiento, porque puedes verlo con gran claridad. Tiene su propia
personalidad. Los pensamientos son personas, pero vives en una multitud tal...
Una multitud carece de personalidad. Estás tan lleno de pensamientos que no
puedes percibir la belleza, el rostro, de un solo pensamiento. Para cuando
tomas consciencia, el pensamiento se ha desvanecido y ahora está pasando otro:
es un tráfico constante.
En el
tráfico, en la multitud, no miras las caras, no sientes a la gente; sólo
sientes una masa que te rodea. En una multitud, los otros se vuelven cosas, no
personas. ¿Has visto? Si estás viajando en un tren lleno de gente, muchas
personas a tu alrededor tocándose por todas partes, incluso si eres una mujer
y alguien está tocando tu cuerpo, no te sientes molesta. ¿Por qué no? Porque
no es una persona, no es gente; es sólo una multitud. Si te paras solo debajo
de un árbol y el mismo hombre viene y se restriega contra ti, te enojarás:
ahora es una persona.
En
una multitud, nadie tiene personalidad. Es una multitud. ¿Con quién te
enojarías? Y te retraes. En un autobús lleno de gente, en un tren lleno de
gente, te retraes; no estás atento a la superficie de la piel. Entonces, si
alguien te toca, está bien. No es un toque, es algo muerto. Pero, a solas con
una persona, es diferente.
Y lo mismo
sucede en el interior. Has vivido en una multitud de pensamientos, una loca
multitud. Nunca has observado un pensamiento suelto. Los pensamientos son
personas y son hermosos. Cuando puedes vislumbrar un solo pensamiento contra
el cielo, con personalidad, con su propio ser, su propia energía, entonces ese
pensamiento te pregunta algo. La mente nunca te ha preguntado nada, por tu gran
identificación. Cuando ésta se quiebra, poco a poco, hasta la mente empieza a
preguntarte cosas.
La
gente pedía cosas y le hacía preguntas a Kakua. Él predicaba, decía unas pocas
palabras, y luego se trasladaba a otra parte de la
montaña, pues este lugar también se había vuelto poblado: la
gente se estaba acercando. Y esto sucederá cada vez que te instales en tu
interior con tu meditación: cada vez que te pongas a meditar, te visitará un
pensamiento. Esto demuestra que aún eres vulnerable al pensamiento, aún no te
has trasladado allí donde nadie puede acceder. Debes cambiar; debes llegar más
profundamente aún. Y sentirás una muy profunda gratitud por el pensamiento
que te visitó, porque te demostró que todavía no estás tan alejado de la
superficie: un pensamiento puede llegar, una ola puede alcanzarte. Pensarás el
pensamiento, tomarás tus pertenencias y te trasladarás.
Kakua
predicaba unas pocas palabras, tenía una buena comunicación con el
pensamiento. y se alejaba más hacia el interior para que nadie pudiera acceder
a él. Todos debemos encontrar un lugar que sea absolutamente individual, donde
nadie pueda alcanzarnos: se trata del alma. Nadie puede alcanzarnos, ni siquiera
un pensamiento: es la soledad total.
No
puedes imaginar el silencio, no puedes imaginar la belleza, no puedes imaginar
el sabor que tiene estar absolutamente solo, sin que nadie pueda acceder a ti,
sin que nada te alcance. No puedes comprender la bendición, la dicha que se
produce. Sigue volviéndote hacia adentro, y llega al punto en que ni un solo
pensamiento pueda aparecer ni visitarte. Llega al punto en que sólo quede el
dueño de casa, sin que vengan huéspedes. Sólo entonces, el verdadero invitado
golpeará a tu puerta. Sólo entonces Dios, sólo entonces el estado de nirvana,
la iluminación, la suprema luz, la verdad, o como quieras llamarlo, golpeará a
tu puerta. Cuando no estás disponible para el mundo, estás disponible para
Dios. Hasta que esto, la soledad total, no suceda, no serás un vehículo justo
para que la divinidad descienda.
Llegó
un momento en la vida de Kakua en el cual lo logró, logró la soledad completa,
y entonces el supremo invitado golpeó a su puerta. Luego, regresó a Japón.
Cuando
Kakua volvió a Japón, al emperador le llegaron noticias
de
él, y pidió que fuera a la corte a hacer una prédica zen
para
la edificación espiritual de él y de todos sus súbditos.
Kakua
se ubicó ante el emperador en silencio.
Debe haber sido un momento muy difícil de
manejar para el emperador. Kakua simplemente estaba allí,
de pie, callado. No decía nada. Trataba de comulgar, pero el emperador
esperaba una comunicación. En ese mundo, incluso los emperadores son mendigos,
pues ellos viven en el mismo lugar que uno. Pueden residir en grandes palacios,
pero viven en mundos como el de uno. Piensan igual que uno, imaginan, desean;
se trasladan al pasado y al futuro, igual que uno. En lo que concierne a la
realidad fundamental, el emperador y el mendigo están a la misma altura. No
hay una sola diferencia. Únicamente sus vestimentas son diferentes; su ser
interior es igual.
Kakua
estaba de pie en silencio; no decía una sola palabra. El emperador esperaba, la
corte esperaba... Entonces, al percibir la imposibilidad (que el silencio no
sería comprendido, que no hay nadie capaz de reírse como Mahakashyapa y de
comprender su silencio), Kakua hizo lo mejor que hay después del silencio. ¿Qué
hizo?
Luego,
sacó una flauta de un pliegue de su túnica, sopló una
sola
nota, hizo una reverencia cortés y desapareció.
Nunca se supo qué fue de él.
Esto es lo
mejor que hay después del silencio. Si no es posible comprender el silencio, lo
mejor (en segundo lugar) es la música.
Es
necesario entender algo acerca de la música: la música no es un lenguaje, y sin
embargo lo es. No dice nada pero habla. La música no contiene palabras, sólo
sonido. El sonido está en un lugar intermedio entre la falta de palabra y la
palabra. Si no es posible comprender la falta de palabra, entonces música. Y,
si tampoco es posible entender la música, Kakua sencillamente desaparece.
Estoy
hablándote. De hecho, esto no es más que música. Tal vez la flauta no esté a la
vista, pero en realidad no estoy hablando, sino cantando algo. No es una filosofía
sino una poesía; de ahí todas las contradicciones del poeta. Digo hoy una cosa,
dije algo completamente distinto ayer; y no soy predecible: mañana puedo
afirmar algo diferente, porque lo que digo no es lo importante, lo importante
es lo que canto a través de lo que digo. Las palabras cambian, las flautas
pueden cambiar; ese no es el punto. Pero la nota única...
Y yo
estuve hablando y hablando, pero ¿has observado la nota única? La nota única
sigue siendo única. De diferentes formas, canto la misma canción con diversas
flautas, con otras palabras. Pueden parecer contradictorias, porque a veces
utilizo una caña de bambú y a veces una flauta de oro; a veces, una con pocos
agujeros y, otras veces, una con muchos agujeros. Las flautas son diferentes y
hasta los sonidos pueden ser diferentes, pero la nota de base sigue siendo la
misma.
Todos los
Budas cantan la misma nota. Los oyentes siguen cambiando, pero los Budas nunca
cambian. Yo canto hoy la misma canción que Kakua cantó ante el emperador. Sacó
una flauta de un pliegue de su túnica, sopló una sola nota... Igual
que una única flor en un gran jardín: una sola nota contra la totalidad del
cielo, una sola nota contra la totalidad de la mente, el diálogo de la mente. Y
entonces él... hizo una reverencia cortés y desapareció.
Nunca
supo qué fue de él.
Hizo todo
lo posible. Primero, probó con el silencio. Yo también lo intenté al comienzo.
pero era difícil: el oyente no podía escuchar nada. Estoy probando ahora tocar
la nota única con una flauta. Y, si no escuchas, recuerda el relato: Kakua
desaparece. Entonces, nadie sabe nunca más nada de él.
Y
Kakua probó con lo mejor de la sociedad: el emperador y sus súbditos. Y, cuando
vio que ni siquiera el emperador y sus súbditos eran capaces de comprender,
¿qué sentido tenía? ¿Quién sería capaz de entenderlo? Simplemente, no volvió a
molestarse. Y esto ha sucedido muchas, muchas veces: millones de veces. Muchos
Kakuas ni siquiera hicieron el intento cuando descubrieron el absurdo total. Simplemente, miraron
las caras del público y se encontraron con muros. Sencillamente, no probaron.
Pero algunos Kakuas son muy valientes y lo intentaron. Esto implica esperar
contra toda esperanza.
Este
relato constituye una indicación muy bella. ¿Qué hacer a raíz de este relato?
Primero, intenta con el silencio... quédate callado conmigo. Si sientes que es
imposible, escucha la música, no las palabras que pronuncio. Las palabras no
son más que excusas: escucha la música. Y no discutas, pues lo que afirmo no es
una afirmación lógica; es absurdo. Pero esto (la lógica de lo que afirmo)
tampoco es el punto. Lo importante es la música de lo que digo.
Primero,
prueba el silencio conmigo. Si se produce, es hermoso. Si no se produce,
prueba la música. Éstas dos son las únicas vías; no hay una tercera. No prestes
atención a lo que digo; escucha sólo el ritmo. Escucha solamente la armonía,
la armonía de los opuestos. Y recuerda que es una sola nota. Repito siempre la
misma, pero en diversas formas. A veces, un relato zen es la excusa; a veces,
el Gita; a veces, Jesús o Mahavira; son todas excusas, pero sigo
repitiendo la misma nota. Doy vueltas en torno a ti, intentándolo desde todas
partes, probando todas las posibilidades.
Presta
atención a la música y no a la lógica. No hay lógica en esto; sólo hay una
melodía.
Suficiente por hoy.